Morgan: una noche para quedarse
La banda ofreció calidad y emoción a partes iguales
Morgan volvió a Bilbao el sábado 17 de enero y lo hizo como suelen hacerlo cuando las cosas importan de verdad: sin fuegos artificiales innecesarios, sin postureo y con una sala Santana27 completamente entregada desde el primer minuto. La gira de Hotel Morgan era la excusa, pero el concierto acabó siendo un viaje mucho más amplio, un repaso emocional y sonoro por toda su trayectoria, de esos que dejan la sensación de haber asistido a algo honesto y muy vivo.
Arranque contenido pero con pulso
El arranque con “Planet Earth” dejó claro el tono de la noche. Paco, multiplicándose a la guitarra, marcó un pulso amplio y elegante, mientras “Blue Eyes” terminaba de colocar a la banda en ese punto exacto entre calidez y tensión que tan bien manejan. A partir de ahí, Nina empezó a moverse con más libertad: salir al centro del escenario, abandonar puntualmente los teclados y exponerse de otra manera. En “El Jimador” la entrada fue casi atropellada, con algún problema técnico que sacó un poco de situación a Nina, que pronto retomó el pulso, y en “Attempting” ya se la notaba más cómoda, más segura, jugando con teclados y texturas, dejando que la canción respirase hasta arriba mientras Ekain apretaba con fuerza desde la batería.

El bloque central del concierto fue, quizá, donde más se percibió ese pequeño juego de variaciones que Morgan se está permitiendo en esta gira. “Pyra” y “Goodbye” llegaron con cambios sutiles, algo más luminosos en lo rítmico, mientras que “Alone” bajó el pulso para apoyarse en una atmósfera más desnuda. En “River”, Nina volvió a situarse en el centro del escenario y el tema creció poco a poco, sin prisas, demostrando que no necesitan acelerar para mantener la atención de una sala entera.
Encontrando su centro
“Cruel” y “Radio” reforzaron esa sensación de concierto narrado con calma, donde cada canción encuentra su lugar. No hubo grandes discursos, pero sí pequeñas intervenciones naturales, cercanas, como si el concierto se estuviera construyendo sobre la marcha. “A Kind of Love” sonó especialmente reconfortante, y “Thank You” cerró el set principal con un aire más funky, juguetón, con Paco volviendo a destacar y ese gusto por alargar finales y probar “chuches” sonoras sin perder el control.
El tramo final del concierto confirmó esa sensación de confianza creciente que atraviesa todo el directo de Morgan. Entre canción y canción, Nina siguió mostrando ese nervio tan reconocible: discursos atropellados, frases que se pisan unas a otras, silencios incómodos que ella misma rompe con humor. No parece algo a lo que termine de acostumbrarse, pero cada vez se expone más, sale más al frente y convierte esa fragilidad en parte del encanto del concierto, lejos de cualquier pose impostada.
Final sin reservas
Tras “Thank You”, el grupo se retiró brevemente del escenario, pero antes del bis Nina regresó sola para rescatar “Volver”, del primer disco. La interpretó únicamente al teclado, sin la banda, en uno de esos momentos que congelan la sala: íntimo, contenido y muy honesto, recordando de dónde viene el proyecto y poniendo en perspectiva todo lo que ha crecido desde entonces.
Con “Home”, introducida con una atmósfera casi galáctica, se coló un inicio suspendido en el aire que fue ganando cuerpo poco a poco, como un despegue suave en el que cada instrumento encontró su sitio. La entrada de la banda fue medida, elegante, envolviendo a Santana27 sin necesidad de subrayados.

Pero el verdadero nudo emocional llegó con “Sargento de hierro”. Aquí el concierto se detuvo en lo esencial. Nina estaba especialmente intensa, concentrada, frágil y firme a la vez, defendiendo una canción que ya es central en el repertorio de Morgan y que, posiblemente, sea una de las mejores que han escrito. No hubo artificio ni exceso: solo emoción sostenida, una interpretación que la sala siguió en silencio respetuoso y que dejó esa sensación de haber asistido a algo importante.
El cierre fue ya una celebración en toda regla. “Another Road” sirvió como eje para un tramo final expansivo en el que se colaron dos guiños claros a finales de los setenta: primero “Good Times”, versión del clásico de Chic, y después “Rapper’s Delight”, con Paco sumándose también a las voces. Groove, sonrisas y una banda disfrutando abiertamente, sin perder nunca el control ni el gusto.
En todo ese viaje fue fundamental la labor de los hermanos Planas. El bajo sostuvo el pulso con precisión y elegancia, mientras Gabi Planas volvió a demostrar su papel esencial como multiinstrumentista, apareciendo donde hacía falta, sumando capas, colores y texturas sin sobrecargar nunca el conjunto.
Morgan no vino solo a presentar Hotel Morgan. Vino a reafirmar un directo que sigue creciendo, que se permite abrir las canciones, mirarlas desde otros ángulos y, sobre todo, confiar en ellas. Y cuando una banda consigue que una sala como Santana27 se sienta así de cómoda, cercana y viva, no hace falta mucho más: basta con dejarse estar dentro.
Texto y fotos: Dave Blanco
