Siloé: Bilbao se quedó pequeño

Hace no tanto, Siloé llenaba la Stage Live. Ayer noche, triplicaban aforo en la Santana 27 con todo vendido desde hace meses —y aun así, se quedó corta. Algo está pasando con esta banda, y quien estuvo allí lo entendió desde el primer acorde.

El arranque no dejó margen de duda: maquinaria bien engrasada, sonido grande, todo rodado. «Si me necesitas, llámame» y «Las palabras» engancharon rápido a un público que tardó poco en entrar en modo comunión. Pero fue con «Reza por mí» cuando la cosa cambió de marcha: Fito ya sin guitarra, más suelto, y la sala completamente entregada. A partir de ahí, no hubo vuelta atrás.

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Lo que Siloé ha entendido en esta nueva etapa es sencillo pero no fácil: jugar a lo grande. Temas como «Búfalo» o «Dime» —con disco nuevo en camino— tienen una arquitectura de estadio, pensada para ser coreada sin fricción. Y funciona. La gente ya los canta como si llevaran años en el repertorio, como si fueran viejos conocidos. «La oposición» bajó el pulso un momento, con el megáfono como recurso ya habitual en su sonido, pero fue un respiro calculado antes de lo que vendría.

«Esa estrella» llegó cuando tenía que llegar: esperada, coreada, celebrada. Lo de siempre, en el mejor sentido. Después, el concierto se tomó un segundo para respirar: una jam improvisada entre batería, guitarra y bases electrónicas que tuvo casi algo de litúrgico. Y entonces llegó uno de los giros de la noche: Fito se metió entre el público para interpretar «La verdad» en formato desnudo, solo voz, guitarra y armónica. El contraste con todo lo anterior era total. Funcionó.

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El tramo central trajo otro acierto: un mini set acústico con los tres sentados para «Súbeme al cielo», que arrancaba con un aire cercano a The Cure y que dejó claro que el grupo también sabe jugar en corto. La calma, sin embargo, duró lo justo. «Si te pones de mi parte» devolvió el concierto a su terreno natural —arenga, ritmo, comunión— sin pedir permiso.

La recta final fue un ejercicio de inercia bien gestionada. «Amor infinito» empezó solo con voz y público antes de crecer hacia una base electrónica. «Quédate esta noche» volvió a conectar con lo local, con ese guiño en la letra que acerca la banda a Bilbao como pocas canciones logran. La versión de «Personal Jesus» llegó en formato electrónico y recortado —correcta, aunque prescindible— antes de desembocar en «Campo Grande», probablemente el resumen más exacto de lo que es hoy Siloé: pop rock bailable, coreable y pensado para levantarte de la silla.

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En el bis no hubo tregua. «Que merezca la pena» le dio a Fito margen para soltarse del todo, jugando con las dinámicas, exprimiéndolo. Y «Todos los besos» terminó de desatar la euforia, con él subido a la estructura de la sala mientras abajo todo el mundo cantaba como si no hubiera mañana —porque durante esos minutos, no lo había.

Pero cuando parecía que ya estaba todo dicho, Siloé decidió no marcharse. Se quedaron en el escenario bailando una canción propia, sin prisas, sin protocolo. Un cierre pequeño y genuino para una noche que confirmó lo que ya se veía venir: Siloé ya no está de paso por salas. Está construyendo algo más grande. Bilbao, al menos, ya lo tiene muy claro.

Texto y fotos: Dave Blanco

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