DeWolff: amor por el rock

La banda consagró su crecimiento y su buen estado de forma

Si hay una banda que ha sabido crecer a base de constancia, talento y directos incendiarios, esa es DeWolff. El trío neerlandés volvió a Bilbao el pasado 14 de febrero, en una fecha marcada por los enamorados, aunque en la Santana27 lo que se respiraba era amor por la música. Y vaya si se notó: una muy buena entrada en la sala principal confirmó que lo suyo ya no es una conquista esporádica, sino una relación consolidada con el público de la ciudad.

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No es para menos. Ellos mismos recordaron cómo fueron subiendo escalones en Bilbao, desde pequeños clubes hasta su último lleno en el Kafe Antzokia. Ahora, en Santana27, lo que se vivió fue algo más propio de una gran banda de estadio: discursos apasionados, solos interminables de batería, guitarra y teclados, y un despliegue de energía liderado por un Pablo van de Poel que se movía de un lado a otro del escenario como un mesías del rock sureño. Un Gran Luka van de Poel con las baquetas y Robin Piso a los teclados, formaron un triángulo sólido e indeformable.

Desde el primer minuto dejaron claro que esto no iba a ser un paseo. Arrancaron con un torbellino de guitarras y un sonido macerado en barricas setenteras, con reminiscencias de The Black Keys, Led Zeppelin y Pink Floyd. Los primeros temas fueron un golpe de electricidad en el pecho, con un Pablo entregado tanto en la guitarra como en sus sermones al público, alternando entre predicador del rock y vendedor de teletienda cuando llegó el momento de presentar el nuevo merchandising a la vuelta para el bis.

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A medida que avanzaba el concierto, la estructura se volvió menos rígida, más anárquica. Las canciones se alargaban y se entrelazaban unas con otras, haciendo que en ciertos momentos costara distinguir cuándo terminaba una y empezaba la siguiente. La sensación era la de estar inmersos en un largo y caótico viaje musical, donde los cambios de ritmo y las improvisaciones podían dejarte fuera de juego si no ibas con ellos. Para algunos, un éxtasis de creatividad; para otros, un exceso que, en ciertos momentos, sacaba del trance a parte del público.

Eso sí, hubo dos momentos de pausa que sirvieron para recuperar el aliento y disfrutar de una cara más intimista de la banda. Una breve tregua antes de sumergirse de nuevo en una recta final donde las canciones se dilataban hasta límites insospechados. “Rosita”, por ejemplo, se estiró hasta la eternidad, como si la banda no quisiera soltarla. No era para menos: tras 17 años juntos, a pesar de su juventud, Dewolff han perfeccionado su fórmula hasta convertir cada concierto en una experiencia.

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Para el bis se guardaron dos bombas, culminando con “Freeway Flight”, una descarga casi metalera de guitarras y teclados que dejó la sala en llamas. Una despedida por todo lo alto para otro capítulo memorable en su historia con Bilbao.

Porque sí, el amor está bien. Pero cuando hablamos de DeWolff, lo que nos mueve es pura devoción.

Texto y fotos: Dave Blanco

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