Izaro: adiós entre focos y escarcha

Izaro ofreció un show muy enfocado en lo visual

Sábado 31 de mayo. Bizkaia Arena. 6000 personas. Un escenario gigante, una pasarela central que partía en dos el recinto, una pantalla descomunal proyectando paisajes gélidos y una cámara que no dejó de seguir ni un solo paso de la protagonista. Así fue el concierto de despedida de la gira Cerodenero, el que cierra un ciclo importante en la trayectoria de la artista vizcaína antes de su anunciado retiro temporal. Pero más que un concierto, lo que vivimos fue una grabación. Literalmente.

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La noche la abrió Olaia Inziarte, que supo calentar la sala con una propuesta que mezcla pop, electrónica y raíces vascas. Se desenvolvió con soltura en los teclados y la guitarra, y su voz —tocada por el autotune en su justa medida— dejó un buen sabor de boca durante los 45 minutos que duró su set. A ratos recordaba a una Izaro de hace unos años; a ratos, a la Zahara más reciente.

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Tras un largo reajuste escénico, arrancó la actuación principal. En la pantalla, un vídeo mostraba a Izaro caminando entre paisajes helados. La metáfora era clara: el hielo que rodea a una artista que ha decidido parar. Pero también el hielo que nos acompañó durante buena parte del show. Porque lo cierto es que el concierto tardó en arrancar emocionalmente. Frío al principio, deslavazado por momentos y demasiado fragmentado por la constante entrada y salida de invitados. Era como estar viendo la grabación de un especial navideño de ETB. Cada transición parecía cronometrada para que quedara bonita en la edición del DVD. Y eso, como espectador, te saca.

Hubo muchos momentos bonitos, claro que sí. El dúo con Olatz Salvador en Libre fue uno de los más celebrados de la noche. También destacaron la aportación de Valeria Castro en Amiguita como tú, y la chispa de x eta besteak, con cuerpo de baile incluido. No faltaron las colaboraciones vistosas: Baiuca y Oreka TX con su mezcla de txalaparta y electrónica, Miki Núñez y Martín Urrutia mezclando catalán y euskera, o la interpretación íntima de edzddh junto a Janus Lester y con Izaro al teclado. Hasta hubo una coreografía, móviles iluminando el BEC en Paris, y un gran coro final para Todas las horas que quedan. Todo perfectamente guionizado. Tal vez demasiado.

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Y es que lo que faltó fue precisamente eso: el imprevisto, el fallo, el calor del error, la improvisación, la magia de un directo real. Hubo poco espacio para que la música respirara y mucho encorsetamiento en una estructura pensada al milímetro para quedar bien grabada. La gente cantó, sí, y se emocionó, pero a ratos parecía estar viendo una película bien hecha más que asistiendo a un concierto vivo.

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Izaro no se movió del escenario durante las dos horas largas que duró el show. Ni bises ni pausas, todo seguido, todo planificado. Al terminar, anunció su retirada temporal para descansar y preparar nuevo material. Se va con la sala llena, con el cariño del público, y con material de sobra para una edición deluxe. Pero también con la sensación de que este cierre de etapa fue más una postal que una experiencia directa.

Y los conciertos, al menos para quienes van sin cámara, deberían ser eso: experiencias. No tomas buenas para la edición.

Texto y fotos: Dave Blanco

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