El Altar Del Holocausto: regreso a la liturgia del post-rock

El pasado sábado 10 de mayo, El Altar del Holocausto volvió a pisar Bilbao tras tres años de silencio

Con su gira «Amen sin tilde» bajo el brazo (nombre que, por cierto, sigue siendo una maravilla críptica), el cuarteto salmantino llenó de atmósferas reverenciales una sala que, para la ocasión, se convirtió en templo de feedbacks, delay y riffs pero sin olor a incienso. Sin mediar palabra —como siempre— y cubiertos con sus habituales túnicas blancas, los miembros del grupo construyeron un set de unos 80 minutos en el que hubo espacio para la calma y el estallido, para lo espiritual y lo terrenal.

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La gente —bastante, por cierto— respondió con respeto casi litúrgico. Nadie se puso a hablar más alto de la cuenta y más de una cabeza quedó colgada de los delays como si fueran cánticos sagrados. Pero, sobre todo, lo que más se percibió fue el amor incondicional por la banda. El Altar del Holocausto tiene un público fiel que no duda en dejarse la piel en cada tema, y en Bilbao no fue la excepción. A lo largo del concierto, no solo vimos un montón de camisetas de la banda (esos fans que hacen de la merch su segunda piel), sino que hubo momentos realmente intensos.

La banda, que se presenta como «gente sencilla» tras la música pesada y emocional que llevan, consiguió mantener el ambiente en un silencio total en varios pasajes. Los silencios fueron casi tan poderosos como los riffs más agresivos: el público, respetuoso, parecía respirar al mismo ritmo que el grupo, esperando el siguiente golpe de distorsión con una tensión palpable.

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Claro que no todo fue calma. En un momento de furia colectiva, un wall of death se formó en medio de la sala, poniendo a prueba la energía de los asistentes que, a pesar del parón de tres años, no perdieron ni una pizca de su ímpetu. Como si el tiempo no hubiera pasado, los fans más entregados crearon un caos controlado que solo El Altar del Holocausto sabe generar.

Sonaron cortes de sus discos más recientes, como los himnos ya clásicos Lucas I, 26-38, Crvcis o El que es bueno… en alternancia con otros mas recientes como Amen o El Silencio de un Gesto . La acústica de Bilborock les sentó como un guante: cada crescendo parecía arañar las piedras invisibles de una iglesia que ya no oficia misas, pero que aún guarda su eco celestial.

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Fue un lujo raro. Uno de esos conciertos que te hacen pensar que igual sí hay algo más allá. Aunque solo sea un buen puñado de pedales bien pisados en una iglesia sin curas. El Altar del Holocausto demostró que, además de ser grandes músicos, son buena gente con un público muy, muy fiel. Y Bilbao, como siempre, les devolvió ese cariño con un respeto que podría dar clases de cómo disfrutar de la música en vivo.

Texto y fotos: Dave Blanco

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