La M.O.D.A.: ser exactamente quien eres
LA M.O.D.A. demostró en Bilbao que no necesitan sorpresas para llenar una sala
Segundo de los tres conciertos consecutivos que LA M.O.D.A. han ofrecido en una Santana 27 completamente llena desde hace meses. La banda de Burgos llegó con la maquinaria engrasada tras una gira larga y exitosa, pero lo que se vivió en Bilbao volvió a confirmar por qué se han convertido en una referencia del folk-rock estatal: un directo sin artificios, sólido, emocional y pensado para funcionar en comunidad.

Desde la azotea imaginaria del arranque —un detalle visual que ya se ha convertido en sello de esta gira— dispararon hits sin rodeos. «San Felices», «Alsa pa Madrid» o «La inmensidad» trazaron el terreno con ese equilibrio tan característico: guitarras nerviosas, un pie en el punk rock de herencia californiana (NOFX, Bad Religion, Offspring…) y otro en un folk de raíz castellana que han terminado por hacer completamente propio.
«Mil demonios» trajo los acentos más folclóricos, seguida de «La vieja banda» —que cabalga entre lo francés y lo patrio— y «La vida en rosa», donde teclados y saxo aportaron una delicadeza ajena al resto del repertorio. «Los tiempos que vivimos» apuntó al lado más pop del setlist, mientras que «No te necesito para ser feliz» recuperó el pulso enérgico, con tres guitarras empujando y un estribillo que la sala cantó como propio.
«La molinera» y «Catedrales» mantuvieron el ritmo antes de una de las más celebradas de la noche: «PRMVR». Estrofas en euskera, acordeón muy presente, estribillo coreable: así opera LA M.O.D.A., sin artificios innecesarios. «Vasos vacíos» reafirmó esta filosofía. Línea melódica constante —a veces lineal, pero siempre contundente—, trazada por un grupo que sabe exactamente dónde pisa.

La segunda parte trajo más referencias reconocibles: «Desde Marte», «Subiendo como El Chava Jiménez», «Píntalo todo de negro» con teclados brillantes en las estrofas. «Si bailas bailo» coqueteó sutilmente con el funk, mientras que «Hay un fuego» se vistió de vals gracias al acordeón. El tramo final —»Nómadas», «Los lobos» y «Miraflores»— culminó en explosión colectiva: tres canciones que el público vivificó en masa, demostrando que las veteranas tiran hacia lo americano mientras las recientes abrazan el folclore castellano sin perder coherencia.
Tras hora y veinte minutos llegó el bis con «1932», «Héroes del sábado» y «Mañana voy a Burgos». Sin giros inesperados. Sin alargamientos de solo ni estructuras desmontadas. LA M.O.D.A. tocaron como están en disco: con precisión, sin añadidos. A diferencia de otras bandas —y enlazando casi inevitablemente con lo visto la noche anterior en otra sala bilbaína con Rufus T. Firefly—, eligieron la coherencia sobre el riesgo.

Ofrecieron un concierto sin fisuras, sin versiones alternativas ni relecturas radicales de su repertorio. Pero hubo emoción, celebraciones compartidas, un repertorio construido para cantar a pleno pulmón, un público que convirtió cada estrofa en himno. Cierto es que no arriesgaron, pero tampoco lo necesitaban: cuando tienes a toda una sala contigo desde el primer minuto, a veces basta con ser exactamente quien eres.
Texto y fotos: Dave Blanco
