Rufus T. Firefly: Variaciones, rescates y riesgo.
La noche del jueves en el Kafe Antzokia no fue un bolo más de Rufus T. Firefly: fue una demostración de cariño, oficio y voluntad de sorprender.
La banda, liderada por Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro, no venía a “tocar sus canciones” y marcharse: había preparado un setlist modificado, retomando temas antiguos, variando dinámicas y ofreciendo matices que muchos asistentes, entre aplausos, calificaron como redescubrimientos.

Arrancaron con “El coro del amanecer”, un arranque envolvente, muy en sintonía con su último disco Todas las cosas buenas, que ya avisaba de que no sería una noche predecible. Luego vinieron “Polvo de diamantes” y “El principio de todo”, piezas que mostraron cómo los teclados electrónicos y la batería de Julia pueden dialogar con la guitarra para crear espacios amplios y delicados.
El punto más celebratorio llegó cuando rescataron “El problemático Winston Smith”, una canción que hacía años que no tocaban. Allí, Víctor dejó la guitarra para irse al teclado, lo que aumentó la sensación de riesgo y frescura. Después, con “Pompeya”, la banda desplegó sus guitarras más rockeras, recordando a sus primeros tiempos, mientras Manola (teclados) aportaba texturas electrónicas inesperadas.
Julia abandonó su batería para liderar “Ceci n’est pas une pipe”, devolviendo a la escena la vertiente teatral de los Rufus. Enseguida regresaron a su lado más familiar con “Magnolia”, en una versión cargada de capas, luces y una atmósfera casi cinematográfica que recordó a los moldes de los grandes muros sonoros.

Luego llegó un momento íntimo pero potente con “Premios de la música independiente”, donde la banda se desplegó en acústico y la emoción se palpó entre el público. Pero no quedaban pocas sorpresas: con “Trueno azul”, la banda propuso una jam final que mezcló electrónica, funk y rock, demostrando dedicación y ganas de explorar. A continuación conectaron con “Dron sobrevolando Castilla-La Mancha”, sumergiéndose en una versión casi espacial, elevando el directo a un plano casi psicodélico.
El tema titular, “Todas las cosas buenas”, se interpretó con el pulso vibrante esperado, y poco después Víctor protagonizó un momento muy personal con “La Guitarra”, un homenaje muy emocional de un proyecto paralelo junto a Ángeles Toledano, Gloria Maurel y Javier Martín, con reminiscencias flamencas, que dejó claro que cada nota está pensada con intención.
Ya en la recta final del concierto, sonaron “Sé dónde van los patos cuando se congela el lago”, “La plaza”, y la coreadísima “Nebulosa Jade”, donde el público vibró y entonó estribillos con fervor. El clímax se vivió con “Río Wolf”, en una versión extendida que casi se volvió un viaje lunar, con guitarras que derrochaban espíritu Hendrix / Santana, y terminaron con “Canción de paz”, un broche emocional y sereno que dejó al Antzokia en un silencio lleno de satisfacción.

En total, más de 1 hora y 50 minutos de show, en el que Rufus T. Firefly dio una lección de cómo reinventar su repertorio sin romper su identidad. No fue un concierto rutinario: fue una experiencia, una sesión donde se notó que cada arreglo fue meditado, y que cada sorpresa (viejas canciones rescatadas, jams, variaciones) estaba pensada para que los fans sintieran algo nuevo, incluso con temas que conocen. Eso es algo que, como público, se valora mucho: ir a un concierto con unas expectativas y salir con la sensación de haber vivido una pequeña revolución sonora.
Foto y texto: Dave Blanco
